‘Pase sin llamar’: La arquitectura de Murcia vuelve a abrir sus puertas

La Plaza del Cardenal Belluga está a rebosar por el gentío que, con la vista puesta en la Catedral, observa cómo el juego de luces va señalando los elementos arquitectónicos de la imponente fachada barroca. Una voz en off va identificando y contando la historia de los santos que habitan todo el imafronte en forma de esculturas; y entre puertas, columnas y templetes, la proyección pone el punto final a todo un día dedicado a la arquitectura y a reparar en los edificios que, con su propia historia, arte y singularidad, configuran la ciudad de Murcia.

Así fue el cierre de Pase sin llamar, el evento que, ya en su segunda edición, ha abierto al público un total de 23 edificios en la jornada del pasado 6 de octubre, con un amplio horario de visitas guiadas de acceso gratuito hasta completar aforo que ha contado con más de 50 voluntarios y una asistencia de hasta 9.000 visitantes. Una jornada que ha sido el culmen de las actividades desarrolladas durante toda una semana que comenzó el lunes 1 de octubre, Día Mundial de la Arquitectura; y que ha permitido acercar una buena selección de edificios emblemáticos a quienes, sin estar familiarizados con la arquitectura, han querido conocerlos mejor y escuchar su historia y peculiaridades.

A los clásicos, como los Molinos del Río, el edificio anexo al Ayuntamiento de Murcia, el Palacio de San Esteban, el Teatro Romea, la Escuela de Arte, el Museo de La Muralla de Santa Eulalia, Puertas de Castilla, el Parque Científico, el Palacio de Floridablanca, el Teatro Circo, el Colegio de Arquitectos de Murcia o el Real Casino, se suman nuevas incorporaciones, como Pupaclown, la Biblioteca Regional de Murcia, la Escuela de Idiomas, el Centro de Artesanía o el Parking Libertad, con una novedad más: la Cárcel Vieja, que ha levantado especial expectación entre los visitantes.

Plano informativo de Pase sin llamar, disponible en sus redes sociales

Y todo desde una perspectiva que busca admirar los edificios no de forma aislada, sino en el conjunto de la ciudad, y comprobando cómo se relacionan con su entorno y con el espacio público. Se trataba de “acercar el carácter arquitectónico de la ciudad a todas las capas, verlo más allá del edificio; comprobar cómo ese edificio se integra en el resto de la ciudad, cómo dialoga con el sitio donde está ubicado”, explica Encarna Tornero, miembro del colectivo Pase sin llamar, encargado de la organización.

Este diálogo entre la arquitectura y su entorno ya podía verse en las actividades programadas los días previos, que han incluido novedades como la gymkana infantil celebrada en la Plaza de la Catedral, o la visita al Moneo, a cargo del experto Francisco José Montes y realizada con motivo del 20º aniversario del edificio. “Ha sido bastante sorprendente por la participación”, dice Encarna Tornero sobre estas actividades. “Hubo muchísima afluencia de gente; y además no vinculada con el mundo de la arquitectura, sino ciudadanos que les gusta aprender y conocer su ciudad”, añade.

Una de las actividades, la de la tarde del viernes, dejó ver en la plaza de Belluga una mesa donde todos sus ocupantes, inclinados sobre cuadernos y alternando la vista entre el papel y el Moneo, se entregaban con el bolígrafo, el rotulador o el pincel a una modalidad de dibujo: el urbano, conocido también como urban sketch. Pertenecen al colectivo los Gatos USK; el grupo de dibujantes que realizan encuentros y salidas desde Cartagena para capturar en sus cuadernos los enclaves y ciudades que visitan.

“Hoy en día todo el mundo va con su cámara y al final tenemos millones de fotos en el móvil. Los dibujantes urbanos lo que hacemos es sentarnos en un sitio, disfrutarlo, y hacer un dibujo. Así disfrutamos del espacio, conocemos mejor el edificio o el entorno, a las personas que lo habitan… Es otra manera de ver la ciudad”, explica Mateo Ripoll, uno de los impulsores del colectivo. Explica el dibujante que ya participaron en la anterior edición, donde hicieron un recorrido que empezó en el Cuartel de Artillería y desembocó en Belluga; entorno que han escogido para, en esta ocasión, centrarse únicamente en el Moneo y la plaza.

También Jate, uno de los dibujantes, repite experiencia como parte del grupo, como así lo demuestran los dibujos que, en su cuaderno, asoman al pasar las páginas y muestran los enclaves de la anterior edición, entre otros escenarios. “Me encanta, porque no hago bocetos. Es muy libre, y salen cosas muy chulas, muy frescas”, explica el dibujante, que resalta la mayor posibilidad de error de esta forma de dibujar y la consiguiente frescura del resultado, distinto al de su trabajo habitual en tableta o frente al papel.

Esta actividad de dibujo urbano, donde cualquiera podía tomar una libreta y unirse a los dibujantes, fue el preludio de la jornada del sábado, día de la apertura de los edificios. El Moneo, que protagonizaba muchos de los cuadernos de los urban sketchers, fue uno de los edificios más concurridos, con el atractivo de su 20º aniversario y de las vistas de la Plaza y de la Catedral que desde su terraza pueden admirarse.

Explicaban en la visita guiada que el característico edificio, situado frente a la Catedral y el Palacio Episcopal, era antes un antiguo palacete barroco que, derruido, dejó un solar que El Ayuntamiento de Murcia adquirió para hacer allí un edificio anexo que ampliara sus dependencias. El diseño del edificio fue encargado a Rafael Moneo, que se encontró con el doble reto de trabajar en el espacio más emblemático de la ciudad, y de poner en él un edificio que, enfrentado a la Catedral, iba a representar el poder civil.

Para que la arquitectura contemporánea del edificio no desentonara con la plaza, presidida por el imafronte barroco de la Catedral, Moneo enfoca su fachada como un retablo con columnas y aperturas rectangulares, y lo separa del resto del edificio. De esta forma, y por la luz natural del Sol, las sombras de las oberturas proyectadas en la fachada varían a lo largo del día, y le dan al edificio un juego de movimiento y de luces y sombras propio del Barroco. Está, además, realizado en una piedra de tono amarillo fósil que no es casual, y que permite, sin grandes contrastes, integrar la arquitectura contemporánea del edificio en la monumentalidad de la plaza.

El arquitecto hace en esta fachada, además, un homenajea a la propia Catedral: quien se asome a Belluga desde la terraza del Moneo verá que entre las columnas se alternan huecos más estrechos con otros más anchos; de manera que, a la vista, la torre de la Catedral queda encajada en los primeros, y la portada barroca en los segundos. Unas columnas que enmarcan estos dos elementos, y que van formando, según dónde se coloque el espectador, distintas postales de la Catedral.

También se explicó en la visita que la construcción del Moneo llevó consigo la peatonalización de la Plaza de Belluga, que en ese momento estaba abierta al tráfico. La plaza quedó como hasta hoy, con las líneas blancas de mármol travertino que une la entrada de sus distintos espacios desde un curioso centro. Pese al inicial rechazo de la ciudadanía, la peatonalización funcionó tan bien que se extendió a todo el entorno de la Catedral, y supuso toda una transformación urbana del centro de Murcia.

Desde la organización de Pase sin llamar ya se esperaba que edificios como el Moneo, situados en el centro, tuvieran especial demanda. La han tenido puntos como el Museo de la Catedral, el Ayuntamiento de Murcia, el Teatro Romea, y también el Real Casino, que pese a ser visitable durante todo el año ha formado largas colas en Trapería por los espectadores que, interesados en este histórico edificio, han aprovechado el evento para asistir a la visita guiada.

Los asistentes han podido conocer las particularidades de la fachada ecléctica, diseñada por el  arquitecto murciano Pedro Celdrán y escoltada a uno y otro lado por las peceras, construidas para que los socios pudieran leer mientras veían la calle, y fueran vistos desde ella. Al seguir al voluntario de Pase sin llamar al interior, la visita ha recorrido el Patio Árabe de estilo neonazarí, la Galería Central, el Salón del Congresillo, el Salón de Baile, la Antesala, el Patio Romano, el Tocador de Señoras, la Sala de Armas, el Patio Romano, y por último la Biblioteca, de estilo totalmente inglés, para detallar también los pormenores de la reciente restauración del Casino.

Explicaba el voluntario que una de las claves para entender cómo se configuró el Casino está en su Galería Central, presidida ahora por el Ícaro de González Beltrán. Esta galería era, en realidad, una calle de Murcia como cualquier otra. En aquella época, sin embargo, era legítimo que cuando un propietario adquiría todos los edificios de una calle ésta se cerrara para su uso privado. Por eso la galería está cubierta por una bóveda acristalada, y para entrar a cada una de las estancias hay que subir cuatro escalones; los mismos que igualaban el nivel de la calle con el de los sencillos edificios, que fueron igualados estéticamente en reformas posteriores.

Una de las estancias más detalladas en la visita ha sido el Salón de Baile, que es la sala más antigua del Casino, y la única que conserva su suelo original. Las lámparas que penden del techo, de una época donde todavía se usaba el aceite, fueron las primeras de la ciudad en utilizar luz eléctrica; y se hicieron originalmente para el Palacio Imperial de Maximiliano I, en Trieste, aunque fueron adquiridas por el Casino cuando, todavía en la fábrica, quedaron sin dueño.

Aunque la sala neobarroca queda llena por los fastuosos sillones, las sedas, los balcones de la orquesta y los espejos, la vista se desvía inevitablemente al techo, y a las alegorías que representan a la pintura, la literatura, la música y las demás artes, y que fueron pintadas por Manuel de San Miguel; salvo por las zonas que son obra de Manuel Pícolo. En sus cuatro esquinas hay, además, un homenaje a cuatro hijos ilustres de la ciudad: el Conde de Floridablanca, Francisco Salzillo, Julián Romea y Nicolás de Villacis y Arias, pintor del barroco murciano.

Otra estancia con decoración palaciega es el Tocador de Señoras, la sala poblada de dorados espejos donde las damas de la época acudían durante las mascaradas y celebraciones del Salón de Baile. El también decorado techo, obra del pintor Marín-Baldo, muestra una alegoría de la noche presidida por la diosa Selene y la luna, por la relación del mundo nocturno con el baile y la fiesta.

No se deja de mencionar en la visita a la figura alada y en llamas que, en el lado opuesto a Selene, sigue con la mirada al espectador en cualquier ángulo de la habitación desde donde se la observe, y que es una de las singularidades de la sala.

También en las paredes hay arte. Durante el recorrido, la visita se ha detenido en algunos de los cuadros que pueden admirarse en las estancias del Casino, como el Cesto de Flores de Sánchez Picazo, La Modelo de Obdulio Miralles, o Las cuatro estaciones del mismo pintor, que cubre toda la pared enfrentada al espejo de la Sala de Armas; y representa, además de las estaciones, las distintas clases sociales de la Murcia de la época.

A los cuadros les acompaña además la escultura, con una Amazona y una Danaide que son réplicas donadas por el Museo del Vaticano, y que están acompañados en el Patio Romano por obras de José Planes, Antonio Campillo y también González Beltrán, cerca de la puerta giratoria que es el acceso original del edificio.

Junto al Casino, que tantas visitas ha recibido en Pase sin llamar, también otros edificios de marcado carácter histórico han abierto sus puertas; y no solo los más evidentes, sino también otros que, igual de emblemáticos, pueden resultar más discretos a ojos de los viandantes.

Es el caso del Palacio de Floridablanca, en el actual Hotel Arco de San Juan. En la visita guiada, los asistentes han podido comprobar cómo la fachada neoclásica que preside el edificio es la original del siglo XVIII, aunque con unos colores más suaves que su tono naranja inicial. Esta fachada, explicaba el voluntario a cargo de la visita, queda colocada a modo de telón sobre el actual del edificio, por estar separado de él y no corresponder sus distintos niveles a la altura de las estancias actuales. Solo hay cuatro habitaciones, las ubicadas sobre la cafetería Pórtico, que sí corresponden a las del siglo XVIII, y quedan en el mismo lugar que las utilizadas en su día por el Conde de Floridablanca.

La fachada original cuenta con dos entradas: la de la izquierda, sin escalones, que daba acceso a los carros y caballos; y la puerta principal, que lleva a las escaleras que, a mano derecha, conducían a las estancias del palacio. Al subir los escalones, desde arriba, se aprecia con claridad cómo la fachada está antepuesta al edificio que contiene las instalaciones del hotel; y se puede ver, entre lo más alto de las columnas, una peculiar vista de la calle Ceballos.

Se ha procurado conservar el máximo número de elementos originales no solo en la fachada, sino también en el mobiliario. Antes de entrar al hotel, hay junto a la pared un baúl que perteneció al palacio, y que pudo usarse como maleta de viaje, o como arcón para que el servicio guardara la vajilla. También en el interior del hotel hay otro baúl como parte de la sala, y se puede imaginar cómo era aquella estancia cuando contaba con una capilla a su derecha, y con un huerto en su salida a la calle Tahona. Un edificio que, en otro tiempo, formó el palacio de quien fue secretario de Estado de Carlos III y Carlos IV, y uno de los más ilustres personajes de Murcia.

Las visitas guiadas de Pase sin llamar han sido realizadas en su mayoría por voluntarios que formaban parte del staff del evento. Sin embargo, quien tuviera especial interés en alguno de los edificios tenía la posibilidad de acudir a los horarios marcados en negrita en la programación, y que ofrecían visitas a cargo de expertos en la materia, o del arquitecto del propio edificio.

Éste último ha sido el caso de, por ejemplo, el Colegio Oficial de Arquitectos de Murcia, ubicado en el antiguo Palacio de la Inquisición, que conserva la fachada y exterior del edificio del siglo XVIII. Después de albergar las sedes de los periódicos El Liberal y el Diario Línea, que dejaron el interior irrecuperable por el uso y retirada de las rotativas, el edificio fue remodelado en 1978 para dar sede al Colegio de Arquitectos, con el diseño de Juan Antonio Molina, que ganó con su propuesta el concurso lanzado a tal efecto.

En este concurso, explicaba el arquitecto durante la visita de Pase sin llamar, se valoró especialmente que el edificio no tuviera pilares en las zonas de uso, de manera que el espacio fuera flexible y pudiera reorganizarse siempre que fuera necesario.

Con esta premisa de flexibilidad, el edificio muestra una amplia y despejada planta baja destinada a exposiciones; además de un cajón de hormigón que alberga las instalaciones de las distintas plantas y, ya en sus sótanos, un salón de actos de coqueto techo bajo y los restos de la muralla árabe del siglo XII, que puede verse al otro lado de la cristalera y también desde la pequeña ventana que se hizo al fondo de la planta baja.

El elemento más llamativo del edificio, sin embargo, es la larga escalera monumental que da acceso a las distintas plantas del cajón de hormigón. Explica el arquitecto que la escalera se comporta como una de las calles escalonadas que podrían encontrarse en París, y que la caja de hormigón, en una concepción completamente moderna, actúa como la fachada de un segundo edificio que, con sus propias puertas y ventanas, mira hacia la escalera.

Juan Antonio Molina, que ya participó en el anterior Pase sin llamar con este recorrido, ha realizado este año, además, la visita guiada a la plaza de Santa Isabel en los días previos al sábado; y valora el evento de forma muy positiva: “La selección que se hace de edificios forma parte del patrimonio de la ciudad, y el ciudadano tiene que conocerlo porque todos tenemos que disfrutar al máximo de nuestro entorno; y eso hará que se respete”, dice el arquitecto, que se muestra orgulloso de poder enseñar edificios, sean o no los suyos, a un público que no está ligado a la profesión. “Culturalmente es enriquecedor para la persona, y ayuda a respetar la ciudad. Yo creo que esto se debe repetir todos los años”, concluye.

Una segunda edición de Pase sin llamar que ha crecido tanto en edificios visitables como en asistentes y voluntarios; que se consolida año tras año y que ya mira hacia la siguiente cita, donde la arquitectura murciana, de nuevo, abrirá sus puertas al público.

Redactora y editora de El Visitante.

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